Fisioterapia, Dolor, Movimiento, Salud

Drogas alucinógenas para el dolor crónico

Hace unos pocos días me topé con esta revisión  hablando sobre los efectos que podría tener el uso de sustancias alucinógenas en pacientes con dolor crónico.

Hoy traigo al blog una mezcla entre mi opinión personal, y la opinión expuesta en la citada revisión.

Así, hace poco hablaba con unos amigos sobre los efectos que tienen en nuestro cerebro las drogas psicodélicas (de estas, las más conocidas son el LSD y la psilocibina o «setas alucinógenas»), y el efecto que podría darse en personas con dolor.

Las drogas alucinógenas son sustancias que provocan estados alterados de conciencia que afectan a la percepción (alucinación) y varían la noción de la propia identidad. Sus efectos son muy variables, dependiendo tanto de la dosis como de las expectativas del sujeto y el ambiente que le rodea durante la experiencia.

Su uso ha sido documentado desde hace miles de años, no siendo posible determinar una fecha exacta, pero que se sitúa, mínimo, hacia el 9000 a.C.

Arte rupestre de Selva Pascuala (España) en el que podemos observar una hilera de hongos. Fotografía: Juan Francisco Ruiz López


En España, por ejemplo, se ha documentado el hallazgo de la Psilocybe Hispanica hace 6000 años, y en culturas como Mesopotamia se consumían de forma relativamente frecuente.

Su uso era lo que hoy conocemos como «recreativo», aunque el objetivo de su consumo era algo más espiritual, y no tan festivo como lo es hoy día.

Así, la toma de drogas alucinógenas se consideraba una forma de conectar con la naturaleza, con los seres queridos, y contigo mismo.

La denominación de estas drogas como enteógenos (dios interior) hace referencia a su capacidad de producir estados contemplativos del propio yo, derivados de las alteraciones de la conciencia que se dan bajo el efecto de estas drogas.

 

A pesar de que su uso recreativo / espiritual estaba extendido ya hace miles de años, el estudio como uso médico no ha sido explotado, principalmente debido a trabas políticas.

El uso de estas drogas para fines recreativos, así como su asociación a la «contracultura» hippie, y el miedo de la opinión pública en general hacia las drogas, hizo que su clasificación como drogas peligrosas hiciera casi imposible continuar las investigaciones al respecto.

De este modo, las drogas alucinógenas han sido consideradas desde los años 70 como «Drogas tipo 1» –  una droga peligrosa, altamente adictiva y sin uso médico aceptado- en la clasificación propuesta tras la Ley de Sustancias controladas (1970).

Este último punto es importante para entender la poca claridad que hay alrededor del uso de estas drogas como tratamiento en trastornos como la depresión, ansiedad y, en lo que hoy nos ocupa, dolor crónico.

Antes de la prohibición, el uso médico de sustancias como el LSD estaba extendido, y eran estudiados sus efectos y sus usos como medicina para los trastornos antes citados. El LSD se descubrió en 1938, y hasta 1970 fue estudiado, junto a la psilocibina, como tratamiento para la ansiedad y la depresión en pacientes con cáncer terminal.

Actualmente estos trastornos se tratan desde diferentes puntos, pero el modelo biomédico utiliza mayormente los opioides como tratamiento de base, especialmente en dolor crónico.

Si bien estos medicamentos están muy estudiados, es importante recalcar que, los mismos factores que hacen que los opioides sean eficaces para tratar el dolor, también pueden ocasionar efectos peligrosos.

En dosis más bajas, los opioides pueden hacerte sentir somnoliento, pero las dosis más altas pueden disminuir la frecuencia cardíaca y respiratoria, lo que podría causar la muerte. Además, debido a la sensación de placer que provoca tomar opioides, es posible que quieras seguir experimentando esa sensación, lo que puede causar adicción.

Debido a esta probabilidad de generar adicción, y la problemática derivada de esto (incluyendo una crisis de opioides en EEUU que ha llevado a la muerte a miles de personas), en los últimos años se han estudiado alternativas al uso de opioides.

Es aquí donde las drogas alucinógenas han entrado en acción, y han empezado a investigarse cada vez con más interés.

Entre los posibles efectos positivos que podrían tener las drogas alucinógenas (LSD y psilocibina son las más estudiadas), podríamos tener la estimulación de la neuroplasticidad, mediante la generación de Brain-derived neurotrofic factor (BDNF), así como una inhibición del factor de necrosis tumoral (TNF), uno de los mediadores de la inflamación.


Efectos sobre la plasticidad neuronal: 

Los avances recientes en la tecnología de imágenes cerebrales han permitido un mapeo de la conectividad neuronal dentro del cerebro.

Se han identificado redes neuronales que están conectadas entre sí (neuroetiquetas), a pesar de estar físicamente distantes.

Estas áreas están conectadas, en sujetos sanos, de forma eficiente, dando lugar a interacciones entre diferentes áreas cerebrales (movimiento, propiocepción, dolor, temperatura)

Esta conexión se ve alterada en personas que sufren trastornos como la depresión, ansiedad, trauma, adicción, así como muchos estados de dolor crónico, fibromialgia, artritis reumatoide, dolor lumbar de espalda y dolor del miembro fantasma.

En estas personas, las conexiones son menos precisas y menos eficaces, dando lugar a trastornos de la percepción.

Varios estudios de imágenes han demostrado que los psicodélicos podrían ayudar a modificar esos patrones establecidos de conectividad dentro del cerebro, reduciendo la estabilidad e integridad de las redes cerebrales establecidas, y aumentando la integración global entre las diferentes redes cerebrales.

De este modo, neuroetiquetas que «colaboran» en la disminución del dolor, como son aquellas relacionadas con el movimiento o la percepción de seguridad, podrían generarse de una manera más adecuada bajo el efecto de drogas alucinógenas.

Esto podría ayudar a disociar la percepción del dolor de la toma de decisiones, ayudando a obtener una mejor competencia en la toma de decisiones por parte del paciente.

Por otro lado, estas conexiones se mantendrían una vez pasado el efecto de la droga, lo cual sería muy favorable para evitar posibles efectos adversos de intoxicación.


¿Cómo es esto posible?

Al analizar una serie de estudios de resonancia magnética funcional que involucran el uso de psilocibina, Carhart-Harris et al propusieron que el efecto de los psicodélicos era el de «desintegrar» las redes cerebrales y aumentar el «repertorio» de posibles conexiones que se forman dentro de una red neuronal.

Así, los psicodélicos podrían ampliar las conexiones funcionales locales, haciéndolas mucho más globales y conectándolas a otras muchas regiones cerebrales. De este modo, se crean conexiones más fuertes, que hacen a las redes neuronales muchos más eficaces que en sujetos con patología.

A modo de ilustración, Petri et al. produjo un conectograma que muestra una estructura de conectividad sorprendentemente diferente

entre la administración de placebo (A) y psilocibina (B).



Una opinión personal sobre el uso de drogas alucinógenas

Para mi, el uso de este tipo de drogas puede ser una línea de trabajo interesante. En especial, veo importante el hecho de que no producen adicción, al menos no de forma tan clara como sí lo hacen drogas legales como los opioides.

Además, creo que la percepción de la realidad tiene un papel clave en pacientes de dolor crónico, los cuales tienen mapas mentales alterados que les hacen percibir la realidad de un modo diferente.

El efecto de estas drogas sobre la percepción puede ser una ayuda para diferenciar qué es «real» (entiéndase que todo es real, ya que todo es una proyección del cerebro) y qué está generado en su cerebro (incluido el dolor), de modo que este «viaje» les pueda servir para empezar a diferenciar el dolor provocado por un daño, y el dolor generado por su propio cerebro.

Es solo una idea, pero creo que por ahí «van los tiros» en este tema.

Aún así, queda claro que aún hay mucha investigación que realizar para entender los efectos posibles de estas drogas en el cerebro.

Por otro lado, los efectos adversos también deben tenerse en cuenta, y confío en que la investigación avance y se pueda conocer mejor los efectos que estas drogas pueden tener en los pacientes con dolor crónico.

Por otro lado, no querría dejar de recalcar que, actualmente, los tratamientos más efectivos en el tratamiento del dolor siguen siendo el ejercicio y la educación, y que siempre será recomendable cualquier tratamiento activo antes que el uso de sustancias externas.

No obstante, y en los casos que esto sea inevitable, siempre es bueno saber que hay opciones seguras o potencialmente seguras que se pueden valorar y que se están investigando.

Sin duda, en los próximos años este tema seguirá avanzando y podremos hablar más largo y tendido sobre el tema.

Hasta entonces, solo darte las gracias por leerme otra vez, y recuerda: ¡Muévete mucho!